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Opinión

Agua y género

Domingo, 20 de septiembre de 2020

Hace unos días, en esas temáticas que surgen en los grupos, conversaba con algunas mujeres lideresas, en relación con las condiciones de sus comunidades y de las  circunstancias individuales que venían algunas atravesando; Ana a quien conozco hace varios años, comentaba que tiene 4 hijos, entre ellos dos niñas, ambas en edad escolar, pero hoy por razones ya conocidas, se encuentran en clases virtuales del establecimiento público donde son alumnas de sexto y noveno grado respectivamente, Ana narró que entre las tres se encargaban de todas las tareas de la casa, entre las cuales estaba aprovisionarse de agua en la pila comunal, labor que hacen desde siempre, casi se puede decir, que es un oficio heredado de su abuela, quien llegó a ese barrio hace muchos años y accedió a una vivienda en condiciones muy precarias pero a muy bajo precio, por una “oportunidad” que le brindo un “señor que era candidato al concejo o a otra cosa, ya ni me acuerdo” dice Ana.

Cierto es, que en esa narrativa, ella expresaba los roles asignados en la casa, las responsabilidades  que corresponden a hombres  y mujeres dentro del entorno familiar y sin duda, la obligación de ser ellas las encargadas de la gestión del agua ante la falta de estructuras de saneamiento básico en el sector, con la faena de llevar canecas, tarros o pimpinas al hombro o sobre sus espaldas, suspender o ser intermitentes en sus labores como estudiantes para encargarse de traerla e incluso ir con un bebe cargado que es de su hijo mayor que solo tiene 17 años, a quien, dice ella, le dan una jarrita para que traiga agua ya que disfruta acompañarlas es esa labor diaria.

Es éste el escenario social desde donde me permito abordar el tema, las diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres, determinan como los ciudadanos asumen los retos en la gestión de los recursos hídricos y es la consecución de saneamiento básico el que garantiza superar las desigualdades de género, en sectores vulnerables,  donde históricamente los roles están visiblemente marcados en detrimento de la calidad de vida y el desarrollo de las mujeres.

Hablar en pleno siglo XXI de la relación de agua y género pareciera una obviedad, pero lo cierto y a pesar de la relevancia del agua para la supervivencia, éste recurso sigue siendo de difícil acceso para muchos ciudadanos y sus índices de escasez son evidentes en muchos sectores, pero, al margen de reconocer que se requiere un mayor compromiso en la finalidad social del Estado, de asegurar a sus administrados el acceso a los servicios públicos, quiero reiterar, que somos las mujeres las mayores usuarias de agua a nivel mundial y por ende somos las encargadas de administrar y proveer agua para nuestras familias, lo que implica en los sectores menos favorecidos, caminar largas distancias, abandonar espacios de educación o capacitación, arriesgar la salud, lo que al final garantiza las dinámicas de miseria que se copian por generaciones en algunos barrios como el de Ana.

En Colombia, el derecho al agua se satisface con la prestación de los servicios públicos domiciliarios de acueducto, agua apta para el consumo humano, incluida su conexión y medición, así también, de alcantarillado, la recolección de residuos y su disposición final adecuada ( el tema del Carrasco lo trataré en su momento) como lo dispone la Ley 142 de 1994. La corte Constitucional ha obligado (Sent. T 1104 de 2005) la conexión y suministro de agua potable por parte de los prestadores de  servicio, pero estos insisten en argumentar carecer de las redes necesarias para realizar dicha conexión, agravando la calidad de vida. La condición económica y la obtención de oportunidades a muchas mujeres y niñas.

La consecución de un desarrollo sostenible, sólo será posible si en los estándares de gobernabilidad, se incluyen de manera real la solución a las necesidades primarias de los ciudadanos, lo que incluye de manera particular a las mujeres cabeza de familia, las agricultoras, campesinas, indígenas, pequeñas empresarias, y todas aquellas que por su acción o experiencia requieran especial protección del Estado, con el ánimo de  no perpetuar la desigualdad, requiriendo estrategias útiles para asegurar la solución a los problemas relacionados con la gestión, asignación y seguimiento de los recursos hídricos.

Involucrar el enfoque de género de manera transversal, en toda la política pública o en las iniciativas de gestión es aval para el rendimiento de los proyectos y la sostenibilidad, dicho de otra manera, asegurar que hombres y mujeres participen activamente en la gobernanza de los recursos, da visión efectiva de desarrollo y participación.

Por: Naid Nuñez Castillo

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