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Editorial

El Vandalismo del Activismo

2 de mayo del 2021

Ninguna tribuna periodística en Colombia se ha opuesto a las marchas. Ni siquiera por respeto a un derecho constitucional, sino porque la movilización social es expresión propia de las democracias. Y merece tanta protección y respeto como la libertad de expresión que ejercemos desde este portal.

Sin embargo, los visos del paro nacional (que completa cuatro días y dudamos que se vaya a desactivar con el retiro del proyecto de reforma tributaria) desconciertan sobre el ejercicio de este derecho, pues las persistentes manifestaciones de violencia y vandalismo, dejan muchos interrogantes sobre su propósito.

En Bucaramanga vivimos un escenario dantesco. La juventud volcada a destruir bienes públicos que se adquirieron y se mantienen con el bolsillo de todos. Semáforos, esculturas, universidades públicas y otros activos destinados a sostener nuestro prestigio de Ciudad Bonita, productiva y universitaria, fueron vandalizados sin ninguna consideración. Parecía mas un aquelarre de drogadictos que una expresión democrática.

La manera de proteger el paro y su persistencia, estuvo a cargo de ciertos influenciadores locales que culparon por todo a “policías infiltrados”. Videos ilegibles que difunden como supuesta prueba de ello, no dan confianza y tratan de vender al Estado como un agente opresor al que hay que destruir a toda costa.

Esta justificación mediocre del vandalismo que se desata con los paros y las marchas, no es la forma de defender los derechos constitucionales. ¿Por qué no se defiende con la misma vehemencia el derecho a la vida y al trabajo? ¿Acaso la pandemia solo justifica el cierre de las microempresas para proteger la vida, y no la inhibición de protestas que alimentan al vandalismo con frecuencia?

Aunque no es tarea fácil establecer la conexión, lo cierto es, que el inconformismo ciudadano contra la corrupción galopante y la falta de correspondencia de la administración pública con esta crisis (que lleva al hambre y la miseria a tocar puertas y puertas de las familias colombianas), termina capitalizando pretensiones políticas que preocupan sobremanera, por ejemplos claros que encontramos en la historia de la humanidad.

Queda esperar si era auténtico el clamor general del no a la reforma tributaria como factor de movilización. De no ser así, va a resultar difícil desligar las buenas intenciones del paro con el vandalismo del activismo político, que sale a destruirlo todo, con el pretexto de un cambio que no se consigue acabando con lo que es de todos. Las pérdidas que causaron, en algún momento, las tendremos que pagar los contribuyentes.

Editorial / CARÁCTER

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