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Opinión

Sabotaje a las Marchas y a la Gente de Bien

1 de junio de 2021

Por: Guillermo Henrique Gómez París

En la marcha fue mi contacto directo con esta realidad, pura y dura, de explotación de la juventud en favor de perversos intereses políticos. Desde el sector privado tendremos que pensar en algo.

Salí a marchar. A pesar del temor que da el pico de contagios. A pesar de la exposición a un vandalismo desaforado. A pesar de estar del lado de una aparente minoría. Una que es agradecida, productiva y trabajadora. La que gana legítimamente su sustento sin codiciar lo de otros. La que pareciera que pasó de moda.

Valió la pena hacerlo. Valió la pena dejar atrás los temores, entendiendo que no es momento para aguas tibias. Que la valentía rescata sociedades, y que al ejercerla hay otras personas con igual arrojo. En el monumento a los héroes caídos en combate, me hallé en medio de miles de valientes, muchos de ellos pensionados de las Fuerzas Armadas. Los demás, afectos y gratos con el servicio que nos prestaron.

Salimos todos a caminar tranquilos, guardando las medidas de autocuidado. Enarbolando la bandera nacional al derecho, como debe ser. Por el camino, vimos asomos de personas que desde sus ventanas agitaron pañuelos blancos y banderas. Pedíamos paz, derecho al trabajo y a la movilidad. Repudiábamos tantas noticias falsas que extravían a la juventud. Eso era todo. No perseguíamos más.

Sin embargo, la marcha recibió sabotajes y provocaciones, todo el tiempo. Se trataba de algunos jóvenes usuarios de la ciclovía que, de manera histérica y desencajada, paraban a gritarnos paracos, asesinos y uribistas. Resultaba un show triste y paupérrimo, en el cual, lo cuestionable eran los padres de estos jóvenes, que dejaron claramente su formación al azar.

Este recorrido confluyó en el Parque Nacional, con otro proveniente de la carrera 7ª con calle 72. De repente, hicieron presencia un grupo de jóvenes perfectamente coordinados, que pusieron sus bicicletas en el piso para que no hubiera movilidad, y comenzaron a lanzar arengas en contra del gobierno y a favor del paro, con una clara intención de provocación.

Iban acompañados de personas que, sin bicicletas, grababan todo a ver que escándalo podían registrar. Era difícil no airarse. Era difícil no caer en la provocación. Sin embargo, al acercarse, tampoco daban ganas de decir nada. A excepción del que lideraba al grupo, se trataba de niños que repetían arengas, como quien asiste a un ensayo de coros.

Aunque no sucedió nada grave, la marcha nos permitió una aproximación a quienes nutren el paro, a quienes ayudan a incendiar las redes, a quienes sienten que nada malo están haciendo. Son jovencitos, arrastrados por una propaganda perversa, que los invita a destruir al Estado y sus instituciones, de manera “pacífica”, como lo indica la célebre excusa del pobrecito Chavo del Ocho: sin querer queriendo.

La juventud arrastrada por la propaganda y un incontenible anhelo de protagonismo, termina convencida que nada tiene que ver con el vandalismo. Que nada tiene que ver con el colapso de la economía. Que los enemigos a vencer son la gente de bien, que accede a comodidades porque despojó de su derecho a quien no las tiene.

El empresario no es un generador de empleo. Es un despojador. Igual que el Estado. Y por eso hay que salir a destruirlo todo. “Recuperaremos lo que es nuestro, lo que nos socavan los privilegiados”. Mientras le escuchaba esto a uno de esos niños, a otro se le cayó la bicicleta en medio de otra discusión, y como miembro de la generación de cristal, se puso a llorar porque le habían dañado la bicicleta.

Este “niño” no tenía menos de 24 años. Ah trabajo que dio demostrarle que la bicicleta no estaba dañada, y que la solución a su caída era levantarla. Es difícil un diálogo así. Donde mandan a la “primera línea” a niños que solo conmueven. Pero que, una vez se toman confianza, provocan desmanes con saldos que ninguna sociedad decente quisiera tener.

Preocupan mucho estas tácticas de guerra. Si. Porque la guerra no solo se ejerce con armas de fuego. Hay otro tipo de armas, difíciles de combatir. Hace años la delincuencia descubrió, que usar menores de edad para ejecutar robos y atracos era muy efectivo, pues la sociedad y el código penal quedan neutralizados, mientras la ganancia la recoge quien está tras bambalinas.

Lo mismo está pasando con el paro. Hay un pirómano que prende la mecha y esconde la mano. Un pirómano con larga trayectoria en ejecución de operaciones subversivas, con la frialdad suficiente para mandar niños a protagonizar puestas en escena, que fortalezcan con disimulo sus pretensiones. Y no le importa el costo, pues le queda fácil culpar al gobierno.

Una puesta en escena muy similar al clímax de El Guasón, película protagonizada por Joaquim Phoenix; cuando el enfermo mental logra seducir a otros a destruir la ciudad; y sin pedirlo, termina elegido como el líder de los sublevados, en medio de la destrucción y el caos. Ayer fue mi contacto directo con esta realidad, pura y dura, de explotación de la juventud en favor de perversos intereses políticos. Desde el sector privado tendremos que pensar en algo.     

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