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Opinión

Simbólicas de Universidad: poderes, tropeles e historias que alucinan*

2 Diciembre de 2021

*Publicado en Cátedra Libre UIS, diciembre de 2008

Por: Julio Acelas
Candidato a Doctor en Estudios Políticos
Universidad Externado

Los tropeles y “actos vandálicos” en la UIS hacen parte del paisaje social de la Universidad y la ciudad. Son un “espacio, un escenario social y simbólico de representación”, que las “subculturas disidentes” que conviven en la Universidad, cuyo actor más visible son los “combos”, han conquistado y defienden a ultranza, ante la mirada impávida de todos, de quienes no tenemos otra alternativa que irnos de vacaciones temporales con cierto dejo de “culpa” por lo sucedido.

Para muchos, es impensable que una “batalla campal”, un simbólico “combate con el enemigo”, bajo la estela de los tentáculos políticos de la seguridad democrática uribista, ocurra abiertamente en una de las ciudades más vigiladas del país. Pero ocurre y ocurrirá siempre, como el debate que surge cada vez que ello sucede: los lamentos por las consecuencias en vidas humanas y bienes físicos.

De hecho, para los protagonistas, los daños son secundarios; no “afectan la vida académica ni investigativa, y argumentan que: “en los daños en la Universidad, no hubo nada que altere la realización de lo que conocemos como academia, como universidad”.

No es posible comprender las formas cotidianas de resistencia ni las “insurrecciones ocasionales” sin tener en cuenta los espacios sociales cerrados donde se alimentan y adquieren sentido. Las “subculturas de los combos” en la Universidad existen fuera de los espacios institucionales, lo que les ofrece una posibilidad real de crítica al poder dentro y fuera de ella.

Para muchos miembros de la Universidad, en ocasiones, se generan ambientes sociales de exclusión por parte de ciertos estamentos. Por ello, lo más probable es que estemos ante un discurso oculto de una riqueza sin igual, –lenguaje, gestos, actos, hablas-, que normalmente no es reconocida y que es reactivo frente al discurso público y las decisiones institucionales. Se ha creado una subcultura que opone su propia versión de todo a la de quienes gobiernan. Son juegos de poder y de intereses.

Estos grupos de combos subordinados practican una especie de “infrapolítica”: una variedad de formas de resistencia muy discretas que recurren a formas indirectas y no deseables de expresión. Comprender la sustancia de esa infrapolítica, sus disfraces, su desarrollo y sus relaciones con el discurso político, será de gran ayuda en el esclarecimiento de algunos enojosos problemas de la vida universitaria.

Las protestas violentas terminan generalmente, produciendo, dentro y fuera, un clima temporal de reflexión y debate acerca de los fundamentos y roles de la universidad. Lo mejor sería que nada sucediera, ni que los estamentos se vean impelidos por estas coyunturas del desorden -que, en ocasiones, amenazan con hacerla inviable e ingobernable-, a incorporar en sus agendas el debate sobre la universidad. Cuando la violencia y las acciones de hecho determinan el momento y la intensidad con que los ciudadanos y las instituciones repiensen la sociedad y su destino, algo grave está ocurriendo.

Detenerse exclusivamente en la intensidad de la violencia y los daños que ocasionan “los tropeles” y los “encapuchados”, resulta contraproducente, como quiera que les brinda los escenarios de ruido y protagonismo que persiguen quienes las organizan, y, que por otros medios podrían serles esquivos y parciales. Pero también es cierto que estos “disturbios que afectaron la normalidad institucional” ocasionados por encapuchados, llevan a que la colectividad universitaria se auto declare inocente, señale inquisidoramente a los culpables y refuerce su cohesión. 

Estos “actos vandálicos”, a la vez que minan el orden de la UIS, provocan fuertes reacciones de rechazo que mantienen el consentimiento general. Paradójicamente las condenas más fuertes provienen de los propios estudiantes. 

Un estudiante arremetía contra esos métodos: el “proceso de derechización del país no debería extrañarnos porque acciones como el tropel, el pensar diferente, el protestar por causas justas, son vistas como alteraciones a la paz; ¿qué diferencia hay entre un Esmad armado y un capucho con una papa bomba en la mano, quien es mejor? A quienes no estamos a favor de los capuchos nos dicen “gomelos” y quien no está a favor del gobierno nos dice guerrilleros”. “Somos concientes de las problemáticas de la universidad, pero estamos mamados de sus tropeles porque, ¿qué han logrado?, si dieran resultados todos los apoyaríamos y el movimiento sería más fuerte”.

Otro planteaba que la universidad efectivamente “ejerce una represión con nosotros” y que igual, los tropeleros “añaden una represión a todos aquellos que no son iguales a ellos”, y se preguntaba ¿qué los hace diferente de los directivos?, y, llamaba a que impulsaran la movilización sin las llamadas capuchas y dieran la cara para que se ganen el respeto. Finalizaba diciendo que deben imponerse las protestas inteligentes, más allá de lo actos que destrozan bienes de la universidad. Algunos justifican estas acciones, porque las cosas siempre se consiguen con paros y violencia: “los tropeles son los que han hecho que en la UIS haya hoy comedores o residencias”.

No es difícil aislar e ilegitimar aquellas acciones de hecho que niegan el principio básico de la universidad, el cual se asemeja al de la democracia: la deliberación pública, la libertad individual, la inclusión y reconocimiento de las minorías y el respeto a las reglas de juego. Pero, ante el impacto relativo de algunas respuestas institucionales, estas expresiones se auto justifican y legitiman el caos y la inestabilidad.

Las causas de estos tropeles son difusas y nadie las tiene claras: van desde los incumplimientos de promesas y acuerdos hasta coyunturas políticas externas y desempeños de funcionarios, que, ignorando los contextos, “llenan la copa y ofenden honores”. Pero también mucha carga de emoción, de rituales y de historia, que pesa demasiado “en los cerebros de los vivos”, como decía Marx.

No es bueno minimizar el respaldo estudiantil a los tropeles. No son grupos aislados aupados por extraños a la universidad.  Los estudiantes llevan en sus corazones y cerebros una esperanza de redención, llamada por el pensador francés, Alain Touraine: “el retorno de la fe”, la oleada en Latinoamérica y en EE. UU., de gobiernos de izquierda y de centro en todas sus variantes.  Asistimos a un florecimiento de un imaginario que nos muestra que las utopías son posibles de nuevo. 

II

Los jóvenes son el grupo central en el proceso de globalización económica e hibridación cultural que vivimos. Un “combo” es una subcultura juvenil que se expresa por medio de la música, la danza, las formas de actuar, caminar, de reunirse, los gestos y cierta jerga al hablar. Su fondo social es la informidad, la rebeldía, la condena a la autoridad y la moral convencional y son respuesta a la cultura dominante, la cual niegan y transgreden.

En la UIS actúan cerca de veinte combos de estudiantes. Unos más visibles, ideológicos y políticos que todos, desde consumidores compulsivos de cine o de psicoactivos hasta tribus urbanas como los Emo y los metaleros; hay indigenistas, grupos religiosos, maoístas nepalistas, los LGTB, políticos clásicos como el Moir y la Juco y hasta los liberales, y, por supuesto, los activistas identificados ideológicamente con las guerrillas actuales. 

El núcleo más duro participa activamente en los tropeles y protagoniza las asambleas y protestas estudiantiles. Algo los caracteriza: que no son homogéneos ni comparten discurso político común y sus liderazgos son horizontales. La mayoría de ellos condena la violencia y están lejos de seguir las orientaciones de las FARC o el ELN, pero muchos son de “izquierda”, porque profesan una “colección sencilla de valores y de emociones”, como la libertad, igualdad, fraternidad, la protesta callejera, el arte comprometido, la música, las consignas, las estéticas alternativas, etc. 

Un mundo estudiantil diferente al de décadas atrás cuando organizaciones de izquierda consolidadas controlaban los estudiantes y se acordaban agendas después de debates inacabables; sin excepción todas avalaban y apoyaban políticamente las guerrillas insurgentes.

Esa dispersión organizativa, su temporalidad, la ausencia de orientación vertical y militancia y su complejidad cultural, además de su incomprensión por parte de las directivas, estimula que algunas de esas subculturas –las más ideológicas y ruidosas- se manifiesten violentamente.

Los estudiantes que se encapuchan profesan un discurso mesiánico y apocalíptico, están muy desinformados sobre los problemas nacionales y de cómo funciona el mundo y no han logrado una cierta síntesis entre las ideas de quienes vivieron experiencias anteriores y las propuestas para el futuro. Además, recurren a la inversión: el mundo está al revés y debe ser aniquilado a fin de que un mundo nuevo, al derecho, le preceda.  

Muchos de ellos caben en lo que se podría llamar “extremistas de izquierda”, que tienen en común con la derecha la antidemocracia; ambos sospechan de la democracia como método, y de sus virtudes, que le son imprescindibles. El extremista, cualquiera sea el fin que persiga, es catastrófico, porque interpreta el proceso de la historia mediante saltos cualitativos, por rupturas. Con todo, como los tropeleros no son terroristas, tampoco las directivas están vinculadas con los paramilitares. Extremos que se tocan.

III

El paso por la vida universitaria en la UIS ha constituido un acontecimiento fundador que termina atravesándole y cambiándole la vida a cualquiera. Ciertas historias de vida tienen un pasado común que demuestra la riqueza y el significado que ha implicado la UIS para este país.

¿Qué de común hay entre el superagente de la CIA, Baruch Vega, el legendario dirigente estudiantil y dirigente del ELN, Jaime Arenas, el ex miembro de la Junta Directiva del Banco de la República y uno de los más importantes economistas colombianos, Salomón Kalmanovitz, y el exiliado de la guerra civil española, ¿Rodolfo Low Maus -ex rector de la UIS y quien contribuyó a forjar lo que es hoy la Universidad-?: compartieron algún día la vida universitaria y su mundo simbólico-cultural.

Para Kalmanovitz: “cuando estudié Ingeniería Química en la UIS, “me quedó fijo el interés y la curiosidad por las doctrinas que prometían arreglar el mundo” y me “atrajo la izquierda que encarnaba esos días la persona de Jaime Arenas”.  

Jaime Arenas hubiese sido de los mejores dirigentes de la izquierda de hoy. Procedente de una familia pudiente de clase media, militó en el ELN y fue uno de sus mejores cuadros en la vida civil; cuando comprendió los bemoles de la lucha amada para transformar el país, abandonó la guerrilla y fue asesinado por “traición al movimiento”. Su historia y la de “Antonio García”, representan las parábolas encontradas de la vinculación masiva de estudiantes a la guerrilla en los 60 y 70. Un fundador del ELN señalaba que esa generación de jóvenes de la UIS, en comparación con otros estudiantes, demostraba “un serio espíritu de trabajo y de responsabilidad no muy comunes en los estudiantes universitarios del resto del país”. 

Rodolfo Low Maus, exiliado español y padre del inmolado ministro de Justicia, Enrique Low Murtra, fue macartizado y sacado de la rectoría en 1962, a pesar del mayoritario respaldo de los estudiantes; allí se truncó un proceso de transformaciones académicas

y administrativas que ha costado mucho.  Acusado por el gobernador, la iglesia, los gremios y los militares de ser “comunista y revolucionario”, lo hicieron renunciar lo que desencadenó una oleada de violencia y protestas sin precedentes.

Pero, es quizás la vida del súper agente Baruch Vega, –recreada por “El Cartel de los Sapos”, quien mejor refleja lo que significa la UIS para la vida de sus egresados y del país en general.

Su historia es alucinante. Es un cotizado fotógrafo de moda que ha trabajado para firmas como Victoria Secret, Perla, Christian Dior, Gucci, y que ha logrado que más de 100 narcotraficantes colombianos hayan terminado en las cortes federales de La Florida, entregando cada uno el 42% de su fortuna y gozando todos de entera libertad en EE. UU.

Se convirtió en agente encubierto en los 60 cuando era estudiante de ingeniería de Sistemas de la UIS. Lo invitó un amigo suyo, un profesor de inglés muy conocido en la universidad, un gringo aventurero que era miembro de la CIA, quien lo estimuló a que se convirtiera en agente secreto. Desde entonces, dirigió acciones encubiertas contra los movimientos de izquierda en Venezuela, en la Chile de Allende, en Centroamérica, en Panamá, en la Argentina de las dictaduras militares, en Bolivia y en Angola.

IV

Los análisis de muchos observadores autorizados coinciden que la UIS es una universidad conservadora que siempre ha anidado fuertes ebulliciones sociales. Asistimos hoy a una crisis de representación, hecha visible por aquellas “minorías radicales” que se encapuchan y paralizan la vida universitaria. 

Los diversos estamentos de la UIS no han logrado construir alternativas y relatos de universidad incluyentes, que todos profesemos, y rompan el inmovilismo e inauguren nuevas cosas: la gran mayoría de los estudiantes no se siente representada por los combos, los profesores no se sienten representados por sus autoridades, la mayoría de los empleados no se sienten representados por el sindicato y todos, en ocasiones, no comprendemos el sentido de muchas decisiones institucionales.

Así como tenemos una tradición de conocimiento e investigación de punta- muchos de los egresados son altos ejecutivos de corporaciones mundiales-, la UIS arrastra una tradición de inconformidad y rebeldía que pocos recuerdan y practican. Somos una comunidad global que a veces parece vivir en la parroquia, un escenario de desconexiones, de decisiones pocas veces acordadas que hay que acatar, de islas que marchan siempre hacia logros que no son los de todos. Un perfecto cuadro de lo que significa el “ser santandereano”. 

La UIS es un perfecto lugar donde actúan extremos que se debaten y acompañan sin fin y que nunca se resuelven, sino que se aplazan como puestos en un congelador.  Demasiado orden y normas formales de quienes la dirigen y mucho desorden y confusión en los dirigidos.

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