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Opinión

¿Y de la cultura qué?

26 de Abril del 2022

La cultura, según la define Clifford Geertz (Antropólogo) en su famoso libro La interpretación de las culturas (1973), es un «sistema de concepciones expresadas en formas simbólicas por medio de las cuales la gente se comunica, perpetúa y desarrolla su conocimiento sobre las actitudes hacia la vida.» La función de la cultura es dotar de sentido al mundo y hacerlo comprensible.

Las transformaciones sociales de los pueblos en su mayoría sin duda obedecen al nivel cultural de sus ciudadanos, la exposición a los ítems culturales que ofrecen sus gobiernos y a la agenda cultural en la dinámica comunitaria;  el quehacer civilizatorio se engendra en el disfrute del arte, la buena música, el folclor,  la pintura, los libros, galerías, la experiencia teatral, la danza  o cualquier manifestación cultural o artística donde se explore el génesis, la ancestralidad y el goce del cúmulo de conocimientos o saberes del país dónde se percibe la verdadera identidad, que por fortuna son una amplio abanico de posibilidades en nuestro territorio, donde gracias a la compleja geografía, disfrutamos de una rica y diversa tradición cultural; que  lamentablemente no es garantía para permear a la población, quien   con mayor frecuencia es expuesta a la desinformación, la banalidad de algunos contenidos o la prioridad de lo extranjero.  Cada vez más las manifestaciones culturales son un nicho exclusivo de la élite donde los grandes espectáculos o el acceso a disfrutar de obras de arte o ver un grupo folclórico implica altos costos, lo que de antemano actúa como un proceso perverso de exclusión, más  la falta de apoyo del Estado para los agentes culturales  que termina cercenando la oportunidad de los ciudadanos de acceder a espacios culturales de nivel.

En Bucaramanga la acertada restauración del Teatro Santander sumada a el  mediano esfuerzo por traer eventos artísticos a la ciudad o publicitar los propios, pueden ser presagio del interés de algún sector del poder local  que le importa generar espacios de impulso cultural, pero hay que reconocer que es una apuesta liviana donde acceden muy pocos, vemos algunas ferias de artesanos, exposiciones u otro tipo de divulgación que no cuentan con una visión precisa del evento y se terminan convirtiendo en ventas ambulantes de templete donde no se canalizan los esfuerzos de artistas ni artesanos para transcender, ampliar fronteras y obtener bienestar económico. En un momento de trascendencia electoral como éste, es preciso apuntalar las propuestas en el ámbito cultural de los candidatos presidenciales y sus representantes  locales, en quienes se deposita la confianza de gestionar más allá de verborreas  politiqueras o utopías.

En algunas ciudades del país, donde se apuesta por democratizar la cultura, muy por encima de los intereses particulares, se descubren oasis de reactivación económica, lanzando un salvavidas social y generando un territorio de relacionamiento de ciudadanías donde efectivamente se abren espacios de divulgación  utilizando el plató geográfico que ofrecen nuestras ciudades y municipios más todo el acervo cultural que estos entrañan. En Santander entre callecitas empedradas, bambucos, tiple, carne oreada, artesanías, obleas, cantantes y todo tipo de manifestaciones de la cultural regional es fundamental que se tracen unos lineamientos claros para este sector tan golpeado por la pandemia y que sin duda resulta la esencia de la dinamización de la economía en el departamento, en un universo bombardeado por los contenidos de las redes sociales en donde nuestros niños y jóvenes parecieran encontrar el verdadero disfrute.

Un grito ahogado para exigir que los candidatos presidenciales se interesen por presentar una política pública en materia de cultura e incentivos a este sector que es la estructura soporte de la verdadera transición de país, donde es imprescindible  fortalecer los vínculos de sensibilidad de aprecio por los colores, las formas y las expresiones artísticas en todas sus facetas, robusteciendo los escenarios o creando nuevos; La paz se construye desde la esencia  del ser humano  y su permanente necesidad de apreciar lo bello, sorprendente o mágico que  solo el mundo cultural lo ofrece.

La vitalidad de la cultura Colombiana  y regional requiere compromisos puntuales de sus gobernantes sumado a el ánimo obstinado  de la persistencia cívica que impida el despilfarro de los recursos públicos, demandando el aumento de presupuestos  que se canalicen  al verdadero desarrollo social y se amplié el abanico de posibilidades para el sector y la ciudadanía.

Naid Núñez Castillo

Columnista de opinión

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