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Opinión

Los nadies

9 de mayo de 2021

Columna de opinión por: Fabio Andrés Camargo Gualdrón [1]

Colombia es un país con una larga trayectoria de conflictos sociales, sin resolver, los cuales se han agudizado cada vez más y generado una honda insatisfacción en la sociedad, un sentimiento de impotencia y desesperanza. Sin duda, el conflicto armado es uno de los ejes que ha atizado las problemáticas, pero no es el único. La rampante corrupción, la desigualdad, los privilegios de la clase política, y otros, se tornan como un caldo de cultivo para el estallido social.

De esta manera se ha configurado una sociedad que no dialoga, intolerante ante opiniones contrarias, que desconfía de las instituciones, que ante su fraccionamiento no piensa como colectivo y que luego de la negociación de un proceso de paz con la guerrilla más antigua de América Latina se polarizó.

Hoy, ante una pandemia inclemente, toda esa desigualdad quedó a flote y se desbordó, generando en la sociedad un sentimiento común de impotencia y miedo que logró unir a diferentes actores sociales para salir a protestar de manera valiente, desafiando no solamente el riesgo de contraer el letal virus del Covid-19, sino también a las autoridades y a que le fueran impuestas sanciones ante el desacato de un extraño y controvertido fallo del Tribunal de Cundinamarca, con el cual el derecho a la protesta quedaba suspendido hasta que se implementara un protocolo o se alcanzara la llamada inmunidad de rebaño.

Pero este pronunciamiento judicial perdió de manera inmediata toda su eficacia, quizás ante el fenómeno que los sociólogos han llamado “anomia social”, en el cual las normas pierden fuerza y legitimidad en la ciudadanía al considerar que carecen de sentido por no ser justas y equitativas, y, en consecuencia, la sociedad deja de respetarlas y acatarlas.   

Las protestas no se detienen, por el contrario, cogen más fuerza, sin embargo, los costos de las mismas ya son altas, pues, ha dejado familias sin sus seres queridos, daños materiales en bienes públicos y privados y ha elevado el riesgo de un colapso en el sistema de atención en salud.

En este convulsionado contexto que se vive no puede caerse en la ingenua e ignorante tesis de que se trata de vandalismo o terrorismo, pues, a pesar de que las protestas por su masividad se convierten en oportunidades para que algunos atropellen los derechos de los demás, incluso para el oportunismo político, lo que en verdad existe en las calles es un variopinto grupo de ciudadanos inconformes, sin oportunidades, que se sienten desprotegidos ante un Estado incapaz de generar bienestar general y que en un momento de crisis como la actual, debe concentrar todas sus capacidades en contener el desempleo, la inseguridad, el hambre y hasta la angustia de la población.

Ese grupo ciudadano que para algunos son “los nadies”, como llamó con ironía el Uruguayo Eduardo Galeano a las personas que parecen invisibles a la sociedad, “los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los nada, los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata, deben ser escuchados con respeto y dignidad por las autoridades, quienes han sido instituidas para garantizar los derechos de todos los ciudadanos, y especialmente, para proteger a las personas más vulnerables.

Las autoridades están en el deber de atender el nuevo orden generado por la pandemia; las necesidades y por tanto la prioridades sociales y económicas han cambiado. La sociedad apenas está dimensionando los cambios que deja la crisis, y en esta transición hay una gran oportunidad para el diálogo social, para la reconciliación y la reformulación de un nuevo pacto.

El punto de partida del diálogo que se aconseja, es entender que la verdadera crisis de una sociedad se debe a la justificación de la desigualdad, pues como lo señala el reconocido economista Joseph E. Stiglitz: «La desigualdad es una opción política más que una consecuencia económica».


[1] Abogado, magíster en Derecho Público, escritor en temas justicia transicional, tierras y Derecho Disciplinario.

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